Te guardo un boleto.
Entre las grandes costumbres de los pueblos pequeños encontramos algunas muy peculiares. Como aquella de adornar la calle para sus fiestas con banderitas de colores o la de siempre estar dispuesto a invitar a un desconocido a pasar a compartir la mesa. O algunos regionalismos para expresar cosas comunes, por ejemplo, en algunas partes de México se dice "enque" o "anca" para expresar que alguien está con fulana o sutana. Entonces, si queremos decir voy con mi abuela, en esos lugares decimos, voy enque mi nana. Y lo de nana y tata para abuela y abuelo respectivamente es otro asunto. O aquella costumbre de buscar una cima para observar las luces de la ciudad por la noche junto con alguien especial. Y está también la costumbre de guardar los boletos del colectivo.
Sobre esta última usanza hay varias versiones. Pero convergen en lo mismo. Sumar los dígitos del folio del boleto de autobús para obtener un resultado. Y en algunas bocas, los diferentes números tenían diferentes significados. Esto último no tan seguro según la gente. El punto en común es que todos buscaban que la suma total fuera 21. Y siendo ese el caso, podrías pedirle a cualquier niña que, a cambio del bendito veintiúno, te diera un beso.
Ciertamente, este era más rumor que otra cosa. Algo de azar, si quiere verlo así. Y pocos fueron los afortunados que cuentan en su repertorio con anécdotas sobre esta transacción.
Siendo yo un precavido y con el ocio que te regala el viajar en transporte público, iba sumando los folios para ver qué me tocaba ese día. A veces sumaba un 17 y le asignaba el valor de que ese día podría ver una película comiendo junto con mis padres. O el 13, que era cuando en el gimnasio buscaría un nuevo récord personal. En algunas raras ocasiones, la sumatoria era el divino 21.
No sé si fue en la línea 7 o en la 15. Recuerdo, eso sí, que llovía con esa furia que convierte las ciudades en acuarios improvisados. Nuestras miradas se encontraron cuando el conductor frenó bruscamente y tu libro cayó en el pasillo. Te lo alcancé justo cuando el boleto asomaba entre sus páginas, marcando tu lectura interrumpida. No pude evitar ver los números. No necesité sumarlos. Supe que eran veintiuno porque el universo a veces conspira con una precisión matemática que desafía toda estadística.
No te pedí un beso. (La razón de esto está en que por esa edad uno es... bueno, usted sabrá que adjetivo ponerme). En cambio, saqué mi boleto recién recibido y te lo mostré. Sonreíste al comprobar que también sumaba veintiuno. "Una coincidencia", dijiste. "Una certeza", pensé.
Bajaste tres paradas después. Te observé alejarte bajo la lluvia, convertida en una silueta cada vez más difusa.La lluvia siempre es buena borrando lo que no debía permanecer. No intercambiamos nombres, teléfonos ni promesas. Solo quedó flotando entre nosotros esa matemática imposible, esa suma perfecta de casualidades.
Sigo usando el autobús y ya no guardo todos los boletos, pero si suman veintiuno los doblo con cuidado y los guardo en mi billetera. Y si algún día nos volvemos a encontrar, si el azar vuelve a lanzarnos en la misma trayectoria, sabré exactamente qué decirte: te guardo un boleto. Te guardo todos los boletos.

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