Tengo que escribirte

Tengo una ambición. No es una carta, ni un mensaje, ni un poema. Es algo más visceral. Es escribirte a ti. No sobre ti, ni para ti. A ti. Como si fueras idioma.

No me refiero a escribir una carta y mandártela. Me refiero a escribirte a ti sin adjetivos, sin prefacios, ni preámbulos. Empezar a media res mientras describo tus ojos para que cuando de repente te lea, pensar que estoy en medio de una escena, de la que nadie me ha advertido, y me ha cautivado sin remedio.

Escribirte no es contarte, es conjurarte. Que al invocar tu nombre se me llene la boca de algo más que aire. Que al describir tus ojos, no los esté describiendo, sino invocando. Que leer tu nombre me parta el habla.

Quiero hablarte como se aprende una lengua nueva: por inmersión. Que mis sílabas tropiecen con tus costumbres, que mi voz te tome el ritmo. Que cada palabra que diga adopte tu acento, que mis pausas respiren tu cadencia.

Y no es sólo hablarte: es dejar que tu gramática se me meta al cuerpo. Que la melodía de tu risa me interrumpa los párrafos. Que tu aliento me sople las comas. Que tus fonemas me recorran la espalda como si fueran caricias, que mi voz te diga sin decir.

También he de escucharte. Pero no tus respuestas. No busco sentido ni lógica. Lo que quiero es que tu risa me grite sin ruido. Que el silencio entre tus frases me diga más que cualquier declaración.

No traducirte: encarnarte. Necesito hablarte a ti, que me inundes.

Y si logro mi ambición, entonces sí, que todo lo demás se calle.

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